2. Estilo de vida comunitaria acogedor e inclusivo.
Dice un dicho castellano que “El roce hace el cariño”. Vivir de cerca, acogiendo realidades complejas y difíciles nos ayuda a mirarlas con mayor comprensión, cariño y solidaridad. Siempre que miramos con los ojos del corazón, sin prejuicios, somos capaces de enriquecernos, de aprender de la diversidad. Vemos en esta diversidad una oportunidad para crecer juntos. La situación de muchos jóvenes migrantes en mayor vulnerabilidad, la de expresos que buscan un camino de reintegración, la de otras personas que viven en los márgenes, representan para nosotros una fuerte llamada a la hospitalidad.

3. Un camino abierto, desde la escucha mutua y el aprendizaje compartido.
Para comenzar este proceso, como peregrino no hace falta ser un “super-cristiano” o un “super-jesuita” -si es que estos existen-, ni se necesita ser un experto académico en hospitalidad o inclusión social. Cualquier persona podría estar cualificada para compartir vida, aunque por supuesto sería bueno cultivar ciertas sensibilidades, flexibilidad y apertura hacia el otro.