5. Ser testigos de esperanza. La vida en común nadie ha dicho que sea algo fácil.
A poco que se haya vivido en comunidad se reconoce la necesidad de aceptar las diferencias y de crecer en conocimiento mutuo. Todos llevamos en nuestro interior “un lobo y un cordero” que necesita convivir con los demás. La vida en comunidad nos construye como personas cuando ponemos más el acento en el agradecimiento que en la exigencia, en la aceptación y la acogida que en la recriminación, en la realidad vital que en ensueños idílicos. Las comunidades de hospitalidad anticipan de alguna manera el Reino cuando invitan a sentarse juntos en la misma mesa, a compartir vida desde lo que nos une y también desde las diferencias… toda una invitación a ser testigos de esperanza.

La hospitalidad renueva nuestras comunidades, ayudándonos a crecer en compromiso y generosidad. La Familia Ignaciana en general, y la Compañía de Jesús en particular, se benefician de estos estilos de vida comunitarios porque además de crecer en credibilidad se propicia una mayor eficacia en nuestra vida apostólica. Decía San Ignacio que “la amistad con los pobres nos hace amigos de Dios”. El mismo Papa Francisco nos recuerda como la vulnerabilidad, la pobreza, son lugares privilegiados de encuentro con Dios: “Los pobres son también maestros privilegiados de nuestro conocimiento de Dios; su fragilidad y sencillez ponen al descubierto nuestros egoísmos, nuestras falsas certezas, nuestras pretensiones de autosuficiencia y nos guían a la experiencia de la cercanía y de la ternura de Dios, para recibir en nuestra vida su amor, la misericordia del Padre que, con discreción y paciente confianza, cuida de nosotros, de todos nosotros.”

En definitiva, las comunidades de hospitalidad abren nuevos caminos de revitalización de la vida en común como un signo del anuncio del Evangelio y se presentan como una invitación y una bocanada de aire fresco dentro de la Iglesia.